La primera vez que vi las Seville oranges, con esa piel rugosa y ese sabor tan amargo,
no podía entender el afán de mi suegra Mary (una lady de humor seco y costumbres
refinadas) por transformar su cocina en un laboratorio de efluvios, sacando las cacerolas de los
armarios, afilando cuchillos y haciendo sitio para una preparación que iba a requerir tiempo
y dedicación. El fuego, el horno, la cocción lenta, cada elemento era vigilado con mimo. Durante días,
el trajín de la cocina marcaba el ritmo de la casa y todos, incluso mis hijos pequeños,
participábamos en aquella experiencia casi mística, cortando, midiendo, hirviendo frascos…
Y por arte de magia, las feas naranjas amargas se convertían en un jarabe sublime que había
que guardar, teniendo que reprimir la impaciencia unos meses antes de probar el resultado.
Los días son cortos y fríos en invierno y Cambridge puede ser un lugar muy inhóspito cuando llueve.
En Inglaterra, uno de los mejores lugares para refugiarse es sin duda una cocina acogedora
con aromas a fruta caliente y una buena taza de té...
y quizá un trozo de bizcocho bañado en mermelada del año pasado. |